Obviar el conocimiento que nos aportan las lenguas clásicas supone renegar no solo de los orígenes de nuestra sociedad, sino también de las bases de las demás disciplinas. Podríamos pensar cuántas de ellas beben de la política, de la filosofía, del teatro, de las matemáticas —indisociables del mundo helénico—, de las obras de ingeniería romanas, de la arquitectura, de la retórica o del Derecho Romano. También podríamos decir que, en parte, el hecho de que escribamos así y no de otra manera se lo debemos al alfabeto latino, que a su vez es una adaptación del griego.
Quizá el mayor legado que nos ofrece el estudio de las lenguas clásicas sea el poder leer a Homero, Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca o Virgilio. No seríamos capaces de entender nuestra cultura y nuestros imaginarios sin la filosofía y la literatura grecolatinas. Decía Alfred North Whitehead, filósofo y matemático inglés, que toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica. Y tampoco tenemos que olvidarnos del ámbito de las matemáticas: Euclides, Pitágoras, Arquímedes o Tales de Mileto fueron algunos de los matemáticos más conspicuos de la Antigua Grecia. Por eso, en el campo de la matemática (del griego μάθημα ‘conocimiento’, ‘ciencia’) aún hablamos de los teoremas de Tales, Euclides o Pitágoras o del principio de Arquímedes.
En definitiva, los clásicos nunca caducan; en realidad, llevan más tiempo que nadie siendo actuales. Como dice Irene Vallejo, ”gracias a ellos entendemos un poco mejor el mundo que nos rodea”. Y, sobre todo, leerlos es un placer.
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