Pequeña intrahistoria de un objeto patrimonial
El pasado viernes, 15 de diciembre de 2023, durante una limpieza rutinaria en el departamento de Ciencias Naturales, compartido por los profesores de Física y Química y de Biología y Geología, el jefe de departamento de Biología y Geología, Álvaro Riesgo, encuentra un mural enrollado completamente cubierto de polvo. Se lo entrega a Javier Ordaz, autor de este breve informe, que lo lleva a su clase de Proyecto en Historia y Patrimonio Cultural de 4º de ESO. Una vez allí lo desenrolla con sumo cuidado con la ayuda de sus alumnos. En vista del buen estado de conservación, lo cuelga de la cinta que tiene atada el listón superior en la pizarra. Se trata de una tabla periódica. Así comienza la historia de un objeto patrimonial que nos permite adentrarnos en la enseñanza de las ciencias naturales en los inicios del desarrollismo español. Lo primero será ponerle una fecha, fijar su datación.
Datación de la tabla
La tabla no tiene ningún dato en la parte inferior o superior que nos indique fecha, editor ni autor. Hay que acudir a la información que nos facilita para poder datarla.
El primer dato que nos llama la atención es que figura el Laurencio, el elemento 103, pero no con su símbolo atómico (Lw ni Lr), sino con el nombre completo: Laurencio. Este elemento fue descubierto en 1961 pero no recibe su símbolo hasta 1963. Este dato fechara nuestra tabla entre 1961 y 1963.
Por otro lado, podemos observar una sigma mayúscula, el mismo signo que usamos actualmente en matemáticas para “sumatorio”, delante del Lantano y Actinio. Esto era habitual hasta 1969, año en que se descubre el rutherfordio (Rf) que es el siguiente al Laurencio. La posición en la tabla es a la derecha del Bario (Ba) y Radio (Ra), señalando la posición de los lantánidos y actínidos.
Parece clara la datación entre los años 1961 y 1963, pero hay una paradoja: el Einstenio. Este elemento, el número 99, se descubre en 1952 y se le asigna inicialmente el símbolo “E”, tal y como figura en nuestra tabla. Sin embargo, en 1957 la UIPAC (International Union of Pure and Applied Chemistry-Unión Internacional de Química Pura y Aplicada) lo cambia a “Es”, ya que todos los lantánidos y actínidos tienen dos letras y, además, todos los que tienen una letra son elementos descubiertos hace siglos. Esto nos hace sospechar que nuestra tabla fue copiada de una anterior a 1957 a la que añadieron “Laurencio” en la posición 103.
Una tabla para la didáctica
En esta tabla aparece también, reuniendo en la parte inferior a los elementos del grupo 1a al 1b, “R2O”, del 2a al 2B “R2O2”, y así hasta “R2O7” que reúne los grupos del 7b al 7a. También aparece “RH4” coincidiendo con “R2O4”, agrupando del 4b al 4a, hasta el “RH” que coincide con “R2O7”. En este caso se refiere al reactivo frente al oxígeno y reactivo frente al hidrógeno. Se trata de la valencia principal frente a estos elementos. Por ejemplo, el Cloro (Cl), del grupo 7a, figura con R2O7 y RH, por lo que su oxidación será Cl2O7. Debemos entender la “R” como radical o reactivo y vendría a ser, coloquialmente hablando, como la “x” de las matemáticas.
Otro elemento curioso, en desuso en la actualidad, pero común en aquellos años, es que aparecen 39 elementos en negrita. Se trata de los elementos muy importantes, bien porque son muy abundantes en la naturaleza o bien porque se descubrieron hace mucho, antes de que se inventara la tabla periódica. Estos elementos en negrita eran los que se tenían que aprender los alumnos para formular.
También podemos observar cómo, debajo de cada símbolo, hay una letra: S, L o G. Representa el estado de agregación en condiciones normales de presión y temperatura: sólido, líquido o gaseoso. Hoy en día no se usa y se prefiere dar datos químicos más precisos.
En la parte inferior de nuestro mural aparecen las estructuras atómicas. En concreto las del hidrógeno (H), litio (Li), sodio (Na), potasio (K), rubidio (Rb), cesio (Cs), francio (Fr), einstenio (E en la tabla, hoy en día Es) y fermio (Fm). Los siete primeros son los elementos del grupo 1a (actualmente la tabla periódica tiene otra nomenclatura, signo de su propia evolución). No nos queda clara la razón de la inclusión del Einstenio y el Fermio. Quizá por ser los elementos 99 y 100 tuvieran interés dentro de una concepción decimal de la tabla. O simplemente los pusieron como una forma de rellenar ese espacio en el mural. En cualquier caso, resulta extraño ya que los elementos siguientes al plutonio duran segundos o fracciones de segundo y esto les impide formar nubes de electrones estables. De hecho, figura que su estado de agregación es S de sólido, cuando deberían ser P de plasma.
En la estructura atómica los electrones se distribuyen por capas que se llaman K, L, M, N, etc, como podemos ver en las estructuras atómicas de la parte inferior. Las capas corresponden a niveles de energía. Estas capas se dividen en subcapas que a su vez se dividen en otras. Existen subcapas de una capa anterior que tienen energías mayores que alguna subcapa de una capa siguiente. En consecuencia, las subcapas se van llenando de una forma un poco compleja. A su vez, en estas representaciones intentan distribuir los electrones de forma equidistante unos de otros dentro de la capa. El resultado parece bastante confuso si se ve desde un punto de vista global. De ahí el aparente caos en los modelos atómicos representados.
Conclusión
No estamos ante un objeto que quiera competir en valor y relevancia con los libros centenarios de nuestra biblioteca histórica, ni que rivalice en belleza con las láminas zoológicas de Paul Pfurtscheller, en valor frente al hombre clástico del doctor Auzoux o en exclusividad con los herbarios de tela de Marie Fortier. Es solo un humilde mural escolar. Un objeto de uso cotidiano en las aulas de ciencias que frecuentaron los alumnos hace sesenta años. Sin embargo, nos puede ofrecer una rica información sobre la enseñanza en el pasado. Se trata de un objeto cultural olvidado que ahora pasa a engrosar la colección del patrimonio educativo que conserva el Instituto del Cardenal Cisneros, el cual pretendemos poner valor y extender su conocimiento para que siga sirviendo para lo que fue creado: enseñar.
Autoría: Javier Ordaz Romay y Rodrigo Ordaz García.
Información científica: Enrique Ordaz Romay y Pedro López López.

