«Gema, entre otros», de Irina González Vakuliuk

Es inusual que los profesores nos ocupemos de los padres de nuestros alumnos por asuntos que no tengan que ver con sus hijos. Tanto es así que, incluso ahora, cuando me disponía a escribir “sin embargo en esta ocasión…”, observo que, en cierto modo, también ahora están los hijos de por medio. Me estoy refiriendo a esos otros hijos que para un escritor son sus obras.

 

Recientemente, una alumna de 1º de la ESO me dijo: “Mi madre ha escrito un libro”. No conocía a su madre, así que mi primer contacto con ella fue a través de los renglones de su novela, que su hija me facilitó pocos días después, y que yo he leído pausadamente en las últimas semanas. Gema, entre otros se titula, y el nombre de su autora es Irina González Vakuliuk. Se trata de su primera novela, la primera criatura de la que, auguro, será una larga progenie literaria.

El tema central de la obra es la discriminación negativa que sufren las personas discapacitadas. Si somos benévolos con nosotros mismos, alegaremos que no los tratamos como se merecen por nuestro desconocimiento de lo que son, lo que necesitan y lo pueden ofrecer. Es lo que le ocurre a Gema, la protagonista, a quien solo su madre y pocos más tratan dignamente.

El relato, ambientado en Cuba, abarca desde mediados de la década de los setenta hasta finales de los noventa. Comienza cuando sus padres se conocen y poco después nace su única hija, con un problema congénito que afectará, principalmente, a su capacidad mental y que derivará en dificultades con el lenguaje. Ella, Adela, es una mujer con formación universitaria que renuncia a su carrera para cuidar de su hija; él, Bartolomé, es una general de brigada mucho más satisfecho de su posición social que de su hija, a quien desprecia, y de su esposa, con quien se comporta de forma nada amorosa y aun desconsiderada.

La mayor parte de las peripecias de la novela se desarrollan en un ambiente escolar. En los primeros años, Gema intenta desenvolverse en un colegio generalista, sin que exista ningún programa de lo que nosotros, en nuestro contexto, llamamos “tratamiento de la diversidad”. Más adelante, entra en un centro educativo específico para discapacitados de todo tipo en el que, a pesar de todo, encuentra nuevas dificultades con las que nadie contaba.

Hay en esta historia episodios muy duros que la autora no duda en reflejar en toda su crudeza. Eso hace que su lectura no sea un entretenimiento plácido, pues nos obliga a enfrentarnos con realidades hirientes, que lo son precisamente por su verosimilitud. Aunque no hayamos tenido en nuestra familia a personas discapacitadas, sabemos que las penalidades de Gema no pueden ser enteramente producto de la imaginación; por el contrario, asumimos que los chicos y chicas de esa condición que vemos a diario, seguramente, se enfrentan a muros de incomprensión, si no tan lacerantes como los de la protagonista de esta novela, sí, desde luego, más desafiantes que los nuestros, esos otros problemas que afrontamos las personas que hemos podido desarrollar un repertorio socialmente aceptable de las capacidades que el mundo exige como estándar de integración en la sociedad.

Ese aspecto social es el otro tema importante de la novela. Aparece como algo más que un telón de fondo o un decorado. Muchos de sus sufrimientos se explican por la manera en que es recibida/rechazada por el ambiente. Sería injusto acusar a la sociedad cubana de tratar a los discapacitados peor que en otros lugares, pero sí llama la atención la antítesis entre, por un lado, la opresión y hasta la violencia que sufre Gema y, por otro lado, las proclamas políticas, uno de cuyos mayores valedores es su padre, militar de incuestionable lealtad al régimen y, al mismo tiempo, el más desleal con su propia familia. Y es que uno esperaría que un régimen político que enarbola, todo el tiempo, ideales como la solidaridad y la justicia, se distinguiera por hacer un esfuerzo para integrar a los más desfavorecidos. Sin embargo, entre los personajes de la obra, con pocas excepciones, no vemos una especial sensibilidad en ese sentido, lo cual resulta decepcionante, pues uno tiene la convicción de que el progreso de una sociedad lo marca el grado de atención y cuidado que le dedica a los más débiles.

Además de ese aspecto intrahistórico, la autora nos ofrece un contexto sociopolítico a través de los acontecimientos más remarcables de la historia más reciente de Cuba, aquellos de los que todos hemos ido teniendo noticia a través de los medios de comunicación: el éxodo de Mariel, los efectos de la perestroika y el desmoronamiento de la URSS, la crisis de los balseros… Esto le da a la novela una dimensión histórica muy interesante. Estimo que uno de los aciertos de la obra es haber sabido ensamblar el plano de las emociones íntimas con esa otra dimensión que le confiere a la novela características de otro género literario como es el de la novela social. Y todo ello sin descargar sobre el lector pesadas valoraciones personales. La novelista se limita a reflejar los hechos, sin enjuiciarlos.

De cualquier modo, la novela tiene momentos conmovedores. No hacía falta que su autora nos aclarara que la historia está basada en hecho reales, porque se nota por la viveza emocional de muchos pasajes que se trata de realidades que ha visto con sus propios ojos. Irina, así lo explica en la solapa del libro, ha trabajado toda su vida como logopeda en contacto directo con discapacitados y, gran parte de ese tiempo, en su Cuba natal. Es, por tanto, un testimonio personal, sin que deje por ello de ser una historia de ficción.

Para terminar, si hubiera que extraer un conclusión de su lectura, digamos un aprendizaje, bajo la premisa de que la literatura debería ayudarnos a mejorar nuestra comprensión de la existencia, me atrevo a sostener lo siguiente: el mejoramiento del mundo es un proceso social, que afecta a las estructuras institucionales, económicas y políticas, algo que probablemente llevan intentando hacer en Cuba desde hace casi setenta años; pero también es un proceso de transformación personal del individuo, que afecta, en las distancias cortas, a la manera en que tratamos de entender a los más próximos e intentamos ser más justos con ellos y con nosotros mismos. Gema, la niña que se va haciendo mujer a lo largo de la novela, y todas las que comparten su condición, atenuarían su sufrimiento solo con que las personas de su entorno hubieran sido capaces de ver en su interior, en el de Gema y en el suyo propio, una nobleza esencial compartida por todos los miembros del género humano, independientemente de las circunstancias de la realidad contingente. Esa es, al menos, la idea con la que me quedé cuando terminé de leer la última página de la novela de Irina González Vakuliuk. Recomiendo a todos que también la lean y extraigan, si les parece apropiado, sus propias conclusiones.

 

Pedro Urquijo.