
La metodología en la escuela debe partir de los intereses, necesidades y características de los niños-as, aportándoles diferentes y divertidas experiencias, favoreciendo la estimulación de su desarrollo físico, psíquico, afectivo y social.
Para ello la presencia de las familias es fundamental en nuestra escuela, ya que son y deben sentirse copartícipes de la actividad educativa, con el fin de mejorar la calidad de la educación.
El papel del educador/a se sustenta en tres pilares básicos, que son:
Garantizar la seguridad física y afectiva del niño/a, estando atento a sus señales de hambre, sed, miedo… y atendiéndolas de forma serán y respetuosa, para que el niño/a se sienta seguro. Anticipando y explicándole que estamos haciendo en cada momento (lavarle las manos, pasarle una toallita…) para que así la acción no le resulte intrusiva y pueda participar en ella.

Ofrecer propuestas de juego adecuadas organizando el entorno de forma apropiada a las necesidades de desarrollo en cada edad. Tras la propuesta nuestro papel se basa en la observación para comprobar los aprendizajes, los sutiles avances y comunicaciones del niño/a, acompañarles afectivamente y acoplarnos a su ritmo. Para ello el educador intentará, siempre que sea posible, sentarse en un sitio fijo del aula, siempre y cuando no le requieran los niños/as, intentando no hablar demasiado o no hablar tanto al grupo en general y sí de un en uno, para crear un ambiente de tranquilidad y de mayor autonomía del niño/a en su juego libre.

Ofrecer las condiciones que permitan al niño/a desarrollo un movimiento libre y autónomo, teniendo una actitud no intervencionista en todos los procesos de aprendizaje y en el juego libre e el aula o en el patio. En cuanto al movimiento, el objetivo es que el niño alcance y permanezca por sí mismo posturas que pueda hacer y deshacer él/ella solo/a, ya que no necesitan que les enseñemos a moverse y alcanzar dichas posturas, si no dejarles libertad y transmitirles que lo que hacen es importante.
