Ganadores relatos certamen literario 2025-26

Relatos ganadores del Certamen Literario de Relato Corto

En esta página recogemos los relatos ganadores de las distintas categorías del Certamen Literario del IES Ana Frank.

Una muestra del talento, la sensibilidad y la creatividad de nuestro alumnado.

Felicitamos a todas las personas participantes y, de manera especial, a quienes han resultado ganadoras en esta edición.

A continuación pueden leerse los textos premiados.

Categoría A

La envidia del viento

Relato ganador

Ustedes suelen perder la atención de forma bastante fácil, así que voy a intentar despertar su curiosidad y concentración. ¿Qué tal una adivinanza? Así podré mantenerlos entretenidos hasta el final. Obvio que no lo pondré fácil. ¿Dónde estaría la gracia?

Soy alguien de importancia que ustedes olvidan muchas veces. Mis mejores amigos son los árboles, los que ustedes talan cada día, por desgracia. Ellos están tranquilos, sin hacer daño a nadie, más bien dando hogar a algunos animales, hasta que llegan ustedes, cortándolos con sus hachas filosas y maquinaria enorme.

Me gustaría odiarlos, despreciarlos, pero no puedo. No puedo sentir odio como ustedes; yo solo observo. Me gustaría sentir envidia para susurrarles en el oído lo afortunados que son sin saberlo. Se quejan de sus apariencias, de sus voces o incluso de sus propias vidas, pero no saben lo afortunados que son.

Hoy era otro día cualquiera. El invierno había hecho de las suyas. Las hojas de los árboles habían desaparecido casi por completo para dar paso a sus ramas. Aun con el frío de la época, el sol golpeaba a las personas que pasaban y las ventanas de los edificios brillaban. Pero algunas personas no se movían, estaban sentadas con lienzos en su regazo y pinceles por todos lados. Soy alguien que puede verlos, pero ustedes a mí no. Me posé enfrente de un hombre mayor (aunque, técnicamente, estoy en todas partes). Este movía sus dedos arrugados pero hábiles sobre el lienzo. Me giré para ver los otros trabajos que hizo en las horas anteriores, cada uno hecho con un amor y habilidad al arte claros… me congelé.

Yo quería eso. Quería su cabello, quería sus manos; dedos que temblaran y se curvaran ante el frío, dedos cargados con la experiencia de años de práctica que se movieran con fluidez. Quería sus ojos, esos que podían ver el mundo, el amanecer, el atardecer y el anochecer no como otro día más, sino como un día más de vida. Quería su garganta, su voz, esas cuerdas vocales que podían cantar, gritar, llorar, hablar… Quería ese corazón, ese que lo mantenía vivo todos los días hasta su último día. Pero en vez de sentir ese deseo de querer algo, solo hubo vacío. Solo hay vacío en lo que se supone que es mi mente, siempre lo hubo, siempre lo habrá; está ahí desde mucho antes que ustedes pisaran este mundo y lo más probable es que estará ahí hasta que acabe, igual que yo. A veces me gusta fingir que puedo pensar, sentir como ustedes. Me gusta fingir que siento que esto es un castigo que me atormentará por la eternidad y siempre lo recuerdo cuando la luna aparece.

Pero bueno, debo estar aburriéndolos con mi palabrería. ¿Ya descubrieron quién soy? O más bien… ¿Qué soy?

Categoría B

Una vez más

Relato ganador

Place du Tertre despertaba cada mañana con la misma ilusión ajena, turistas que creían descubrir un rincón único, artistas que fingían inspiración, cafés que olían siempre igual. Para él, sin embargo, la plaza era un espejo cansado. Un escenario que llevaba años repitiéndose sin descanso. Mismos pasos, mismas risas, mismas fotos, mismos cuadros.

Su caballete ocupaba el mismo rincón, ya no recordaba cuándo había dejado de elegirlo. Pintaba la misma escena una y otra vez, la plaza, los puestos, los colores vivos que ya no veía. A veces añadía la Torre Eiffel, aunque desde allí no se viera. Lo hacía porque sabía que así vendería el cuadro. “Para llevar París a casa”, misma frase repetida en distintos idiomas. Él sonreía, pero por dentro sentía que cada cuadro vendido era un pedazo suyo que se marchaba.

Miraba a los demás pintores y veía en ellos su propio reflejo: jóvenes con ojos llenos de esperanza convencidos de que hay algo grande y mayores con manos temblorosas y mirada perdida que ya no recordaban por qué seguían allí. Todos atrapados en la misma plaza, como si el tiempo no avanzara.

Una tarde, un niño se detuvo frente a su lienzo.

—¿Por qué pintas siempre lo mismo?

Él bajó la mirada hacia sus manos manchadas de color. Esa pregunta inocente dolió más que una crítica cualquiera.

—Porque es lo único que esperan de mí —respondió.

El niño se alejó corriendo, y él volvió a su cuadro idéntico al de ayer. Lo firmó con la misma firma cansada. Guardó los pinceles mientras la plaza se vaciaba y sintió, una vez más, que la belleza que lo rodeaba ya no le pertenecía.

Mañana volvería a pintar lo mismo. Y pasado también.

Porque a veces, incluso cuando haces lo que amas, la vida te encierra en un cuadro del que no puedes salir.

Categoría C

El lienzo vacío

Relato ganador

La plaza despertaba tarde los domingos. Primero llegaban los vendedores de café, después los turistas con cámaras colgadas del cuello y, por último, los pintores, cargando caballetes. Camille siempre era la última en instalarse, decía que necesitaba observar el lugar antes de pintarlo. Se sentaba unos minutos en silencio, mirando los árboles desnudos que parecían arañar el cielo azul de invierno y escuchando el ruido irregular de las conversaciones mezcladas con el sonido de los pinceles golpeando los botes de cristal.

Aquella mañana, el frío le entumecía las manos. Extendió su lienzo en blanco y respiró hondo. Frente a ella, la plaza de Montmartre comenzaba a llenarse de color: cuadros apoyados en el suelo, acuarelas de la Torre Eiffel, retratos rápidos y calles adoquinadas iluminadas por el sol. Todo parecía igual que siempre, pero Camille sentía que algo era distinto. Hacía meses que no conseguía terminar un cuadro. Desde la muerte de su abuelo, el hombre que le había enseñado a pintar cuando apenas era una niña, cualquier intento acababa en manchas borrosas y frustración. Antes, pintar era sencillo, ahora, cada pincelada le recordaba que él ya no estaba sentado a su lado corrigiendo sombras o mezclando cosas imposibles.

Mientras preparaba las pinturas, observó a un anciano colocado unos metros más adelante. Llevaba una boina negra y un abrigo gastado. Dibujaba con calma, sin mirar a nadie, como si el tiempo no existiera para él. Camille intentó concentrarse en su propio lienzo, pero algo en aquel hombre le resultaba familiar. Pasaron varias horas. Los turistas se detenían frente a los cuadros, preguntaban por los precios y seguían caminando. Camille apenas había trazado unas líneas inseguras. Desanimada, dejó el pincel sobre la mesa.

–No pintas lo que ves –dijo una voz grave a su espalda–, sino lo que temes perder.

Camille se giró sobresaltada. Era el anciano de la boina.

–¿Perdón?

El hombre señaló el lienzo vacío.

–El miedo deja demasiado espacio en blanco.

Ella bajó la mirada sin saber qué responder. El desconocido sonrió levemente y le tendió un pequeño cuaderno azul.

–Tu abuelo me enseñó a pintar hace muchos años. Me pidió que te entregara esto cuando estuvieras preparada.

Camille abrió el cuaderno con las manos temblorosas. Reconoció enseguida la letra inclinada de su abuelo. En la primera página solo había una frase: “La pintura no sirve para retener el pasado, sino para aprender a mirarlo sin miedo”.

Durante unos segundos, el ruido de la plaza desapareció. Camille sintió algo distinto: una calma inesperada. Cuando levantó la vista para dar las gracias, el anciano ya se alejaba entre la multitud de artistas y turistas. Entonces tomó el pincel de nuevo. Esta vez no intentó pintar la plaza perfecta ni las luces exactas del paisaje. Pintó el recuerdo de las tardes con su abuelo, el olor a óleo en sus manos y la sensación de felicidad que creía perdida. Por primera vez en mucho tiempo, el lienzo dejó de estar vacío.