Crónica de la visita al Zoo de Madrid · Viernes, 22 de mayo · Aulas EBO1 y EBO3
Hay viajes que empiezan antes de llegar. El nuestro empezó entre baches y curvas por las obras de la M30, siguió con una negociación digna de película de espías en la taquilla del zoo y terminó con el más veterano de la expedición atrincherado en una camilla diciendo, sin palabras pero con toda la elocuencia del mundo: «De aquí no me movéis ya». Esto es una crónica de ese día. Un día perfecto, a su manera.
El viaje: baches, curvas y optimismo a prueba de obras
El viernes 22 de mayo, las aulas EBO1 y EBO3 pusimos rumbo al Zoo de Madrid. Salimos del cole a las 10:45 con el zoo abriendo sus puertas a las 11:00, que en términos de logística especial significa que llegamos justos… y con el recorrido amenizado por las maravillas paisajísticas de las obras de la M30. Curvas inesperadas, badenes con criterio propio y algún que otro giro que los navegadores GPS todavía están procesando. Eso sí, ya que estamos: cuando terminen esas obras, va a quedar precioso. Lo prometemos.


Llegada: Hacerse visible importa (y los baños también)
Nada más llegar, lo primero fue avisar en taquilla. No es un detalle menor: hacernos visibles es parte de nuestra forma de entender la inclusión. Que sepan quiénes somos, cómo somos y qué necesitamos. En este caso, que nos acondicionen el baño adaptado. Cosa que, por cierto, el zoo tardó un momento en gestionar, porque alguien dentro de su organización había olvidado que ya habíamos comunicado con antelación las características de nuestro alumnado y las necesidades del grupo. Menos mal que nuestra Mar estuvo ahí, imperturbable y eficiente, poniendo orden en el desbarajuste con la serenidad de quien ha visto cosas peores. Y las ha sobrevivido.
Primera parada: el establo (o el olfato como aventura sensorial)
El establo. Nuestra primera parada y una tradición irrenunciable del Despertar. Si no te haces la foto en la puerta del establo, ¿realmente fuiste al zoo? La respuesta es no. Y ahí estuvimos, con el olor que caracteriza a ese rincón —que, misterios de la naturaleza, siempre consigue sorprendernos aunque lo conozcamos de sobra— y con alguno de los nuestros atreviéndose a tocar las ovejas. Con esos dientes recién salidos de la consulta del dentista, por cierto. Perfectos. Brillantes. Capaces de intimidar a cualquier oveja con ínfulas.


Segunda parada: la granja y las cabras sin complejos
La pequeña granja. Otra tradición sagrada: ir a que las cabras nos muerdan los cordones de las zapatillas. Porque ellas lo harán. Sin aviso, sin permiso y sin el menor atisbo de vergüenza ajena.
Una de nuestras alumnas las miraba con esa mezcla de fascinación y desconfianza que solo produce un animal que claramente no entiende el concepto de espacio personal.
Otros se hicieron los valientes y miraron al infinito como si las cabras no existieran. Y luego estaban los que les dieron de comer.
Cosa que, como sabrán, no está permitida. El vigilante de la cámara del zoo debió tomar nota con mucho entusiasmo. Si a alguien le pitó los oídos el viernes… Pedimos disculpas públicas y privadas. Era él.



Tercera parada: los leones marinos y el arte de escuchar (o no)
Los leones marinos ya no actúan. La explotación animal es historia, y bien está.
En su lugar, un monitor nos ofreció una charla formativa sobre la especie. Datos, curiosidades, contexto. Muy interesante, estamos seguros.

Si os acercáis mucho, mucho, pero mucho, podréis ver a Marisa, Mar y a nuestro querido pestañudo.
Para la gente que ve este blog en el móvil, os dejamos un zoom digital para que no creáis que os estamos mintiendo.

Aunque este humilde cronista no puede confirmarlo, porque tuvo que acompañar a dos de nuestros guerreros que ni el gentío ni el volumen del ambiente les permitían quedarse.
Los respetamos, los acompañamos y nos retiramos a un lugar más tranquilo, donde disfrutamos de un tentempié y del placer, no menor, de estar tumbado bocabajo sobre las piernas de su tutor como si el zoo fuera su salón. Porque a veces eso es exactamente lo que necesitas. Adaptarnos, escuchar y entender que no todos disfrutamos igual de las mismas cosas.


Cuarta parada: las aves rapaces y los guacamayos sin filtro
El aviario deparó más de una sorpresa. Las aves rapaces, majestuosas. Los guacamayos, absolutamente escandalosos.
Cada vez que abrían el pico, el susto era mayúsculo; vaya botes que dábamos en nuestros asientos. Les mandamos callar —con toda la autoridad del mundo— y demostraron la misma obediencia ciega que los adolescentes que nos acompañaron durante la actuación. Ninguna.
Son guacamayos y los adolescentes que no querían estar en el zoo un viernes después de la parranda del jueves por la noche. 😝
Hicieron lo que les vino en gana (los guacamayos) y nos dejaron con nuestra dignidad levemente tocada. Próxima vez: tapones. Los otros (los adolescentes) bastante tenían con no dormirse encima de las mesas; alguno no lo consiguió.
Parada técnica: comer, beber y respirar bajo los pinos
Después de tanta emoción ornitológica, era hora de reponer fuerzas. Nos instalamos a la sombra de unos árboles —pinos, digamos pinos, aunque este cronista reconoce abiertamente que su conocimiento de flora oscila entre el cero y el escaso— y nos tomamos el tiempo que hace falta. Comer. Beber. Descansar un ratete. Porque descansar es sagrado en cualquier excursión que se precie, y porque después venía lo mejor de la tarde.

El delfinario cerrado y una historia que vale por mil espectáculos
Al pasar frente al cartel del delfinario —cerrado por obras, sin delfines y sin acrobacias—, Mar no lo pudo evitar. Le contó al pirata de EBO1 cómo era aquello cuando sus hijos eran pequeños: la magia de la noche, los saltos, el juego de luces… Una imagen que solo existe ya en la memoria de quienes la vivieron. Nos la contó varias veces. Este narrador, para la quinta, ya estaba técnicamente desconectado. Pero la verdad es que era una historia bonita. Y si no la escuché del todo bien, Mar, que conste que el entorno era muy ruidoso.

El Aquarium: oscuridad, humedad y maravilla
Y llegó el Aquarium. Entramos desde un sol de justicia a un mundo oscuro, fresco y húmedo que fue recibido como agua de mayo —literalmente. Y allí, entre medusas flotando como si el tiempo no existiera, peces de colores imposibles y los comentarios de Luis sobre la fauna marina —verdaderos, inventados o a medio camino, no importaba—, muchos de nuestros alumnos y alumnas permanecieron atentos, en silencio, absortos.


Ese momento vale más que cualquier programa de estimulación. La vida marina haciendo lo suyo y ellos, hipnotizados. Así de sencillo. Así de poderoso.




El final: el baño, la camilla y el héroe que ya dio suficiente
Antes de volver al cole, última parada en los baños adaptados que el zoo había habilitado para nosotros. Cambios, preparativos, el ritual de cierre de toda excursión. Y en ese momento nuestro chico mayor —el veterano de la expedición, el que lo ha visto todo y más— se tumbó en la camilla y dejó muy claro, con la rotundidad de quien no necesita palabras, que ese día había terminado para él. «De aquí no me movéis ya». Difícil darle la razón con más elegancia.

Volvimos al Despertar con las zapatillas mordisqueadas, los oídos algo castigados por los guacamayos y los corazones llenos. Porque eso es lo que hacemos en estas salidas: salir al mundo, navegarlo a nuestra manera, encontrar la magia donde la hay y construirla donde no. Con nuestro equipo, con nuestras familias y con la certeza de que cada experiencia, por pequeña que parezca, deja algo dentro. Gracias a quienes lo hicisteis posible. Y a las cabras, por supuesto. Ellas también pusieron de su parte.
—El Despertar · Mayo 2025

Raúl has hecho una exhaustiva descripción del fantástico día que pasamos, fue una excursión muy buena en todos los aspectos. El día nos acompaño, no hizo mucho calor y nuestros chicos y chicas lo disfrutaron de verdad. Espero poder repetir el curso que viene.
Gracias por la magnífica entrada.
¡Muchas gracias, Marisa!
Ahora, a por la actividad del cuento de “El pirata que olía a sardina”. 😉
Madre mia!!! Qué bien os lo pasasteis!!!
El curso que viene nos apuntamos con vosotros.🤣
Muchas gracias Raúl.
El curso que viene deberíamos recuperar la salida conjunta de todo el colegio. A disfrutar del campo, de la comida casera y de las anécdotas que nos han marcado y nos marcarán.
¡Muchas gracias, Cris! Por pasarte, leernos y dejarnos un comentario.
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