En mi casa las pelusas corren rumbosas por el suelo, igual que en una película del Oeste.
El silencio, invasor del aire, permite escuchar sus delicadísimos saltos. Procuro que mis pisadas apenas muevan el orden establecido. Me gusta el silencio, me gusta observar, me gusta escuchar, me gusta la penumbra. Bueno, esto no, pero no tengo más remedio.
Las pelusas se relacionan entre sí con una especie de magia secreta, amortiguada. Crecen a expensas de mi cabello. Su expresión es dulce y acolchada, murmuran y cuchichean los pensamientos que olvido; parecen neuronas decididas a una vida independiente. A menudo pienso que mi mente ha decidido emanciparse y salir de mí saltando de la cabeza al suelo y transformarse en estas pelusas que contienen cuanto he perdido u olvidado.
Así pues, yo misma soy quien rueda y se arremolina, quien cuchichea… igual que en La Metamorfosis, pero con pelusas… como mujer…
Mamá ha llegado. Ha encendido la luz, me ha mirado fijamente, angustiada. Me ha traído la compra, ha llenado la nevera. Sin decir nada se ha puesto a limpiar. Ha sacado el aspirador y ha recogido mi pasado penumbroso, me ha ayudado a ducharme. Después hemos salido a dar un paseo. Ha puesto la bolsa de pelusas, vaciadas desde el aspirador, en mi mano, y me ha obligado a tirarlas al pasar por el contenedor. Mi corazón se ha aligerado, ahora descansa. No acierto a amar o a odiar a mi madre. Sabe andar a mi ritmo, esto me gusta.
© Lola Gabriel, 2024

