“Aprender que lo bueno y lo valioso lleva su tiempo y su esfuerzo es un pilar fundamental. Hay que saber decir NO en lo que consideramos que no conviene al alumnado y hasta el final.»

Catherine L’Ecuyer

La crisis de la modernidad es también la crisis de la escuela, se está apartando de ella la creación del conocimiento y se la desvincula de la sociedad, muchos creen que lo que la escuela enseña dice poco o nada de la vida cotidiana y que lo que los alumnos aprenden rápidamente lo olvidan. La escuela comienza a ser un monólogo, un discurso en primera persona. Modernizar la escuela debe servir para revitalizarla, centrándola, como un sistema que funcione desde dentro hacia afuera y al revés.

Los proyectos educativos y las leyes de educación están inspiradas en las fuentes de la razón moderna, todo lo contrario de quienes asisten a ella: las intenciones y los deseos de nuestros alumnos y alumnas no son modernos: éticos, críticos, funcionales y reflexivos, sino posmodernos, donde lo útil y lo inmediato es lo que gobierna sus vidas. En esa posmodernidad no hay proyectos de vida porque se vive y se sobrevive, se satisfacen necesidades, se está, pero no se reflexiona, no hay tiempo para ello y junto a esta manipulación del tiempo se encuentra, también, la dislocación del concepto de verdad, que no debe ser ni un resultado ni un producto, ni una cosa, sino un proceso, una acción del descubrimiento y asombro. La verdad y la escuela es un desocultar, a través de un método como camino, para ir en busca de algo, desvelar bajo un método que permita encuentros con la pregunta, no con los juicios y la opinión, porque éstos no piensan. Preguntar, para dar con el enunciado de la respuesta y viceversa. Sumergirnos en esta dialéctica del pensamiento creativo, será decisivo para la formación de maestros, y por supuesto, de nuestros alumnos, como discípulos.

La verdad como acción pedagógica, ha de ser traída por el otro, por el maestro, conversada y significada por posturas éticas, mediadas por el lenguaje y la conversación. En la conversación encontramos el camino de la verdad y, de igual modo, en una conversación pedagógica en donde se vea al otro como interlocutor válido, podemos pasar de la actitud pasiva del oyente a la iniciativa del preguntar, enunciar, oponerse y crear. El ser capaz de entrar en conversación es la verdadera humanidad del ser humano: “somos un diálogo”, afirmaba Hölderlin; somos una conversación, postura ética y pedagógica que exige el saber escuchar, es decir, hacer escuela.

Esa idea de verdad en la educación, viene a nosotros a través de una ecuación que llevamos tiempo trabajando en el centro, dentro de los procesos de investigación y respuesta a la falta de un pacto  por parte del alumnado, los profesores y sus familias.

E= A + DP + S +T

Éxito= asombro +disciplina positiva + silencio + trabajo

Por ello, desde el Departamento de Orientación, el Área de Coordinación y Bienestar y el Equipo de Convivencia, queremos huir de la hiper-educación, la aceleración de la infancia y de la adolescencia, la indolencia y el desánimo. Para ello, durante los próximos cursos, pondremos en marcha distintos Proyectos que se van a centrar en la disciplina positiva,  la implementación del olvidado sentido de límite, porque siempre hay límites, el uso racional de los teléfonos móviles y la importancia del silencio. Hay que volver a plantear al alumnado y sus familias que existen consecuencias naturales a sus acciones, y necesitamos tiempo, porque para educar hay que dedicar tiempo. Nuestros alumnos se encuentran, en muchos casos, saturados por la velocidad, la rapidez, el ruido y el consumismo, han descartado la capacidad de superación, la recompensa del esfuerzo y el orgullo por lo conseguido. Se sienten solos, perdidos y necesitados de apego, de figuras que les ayuden a sentirse seguros de sí mismos, para poder tener una afectividad ordenada, un esquema vital y encontrar su lugar entre el conocimiento y el talento con el que han sido dotados, devolviendo a su lugar los procesos madurativos y el orden interior que está distorsionando por una sociedad fría y calculadora.  Si a esto le unimos la sobrecarga de estímulos de distintas fuentes, nos encontramos con la consecuencia de la falta de atención que viene motivada por su división entre tantos estímulos y que provoca falta de concentración. El ruido continuo ocasiona una falta de interioridad propia, el silencio es necesario para escuchar, asegurar los aprendizajes, mirar a los ojos, estar atentos a las necesidades ajenas, reflexionar. Es necesario, por tanto, un equilibrio entre silencio, palabras, imágenes y sonido. El ruido no sólo ensordece, sino que acalla las preguntas que surgen ante la observación.

La humanización de la rutina de la vida, muchas veces necesaria para el orden, es otro elemento de educación. La rutina debe estar humanizada y tener un sentido, cuando hay una persona relacionada de alguna forma con el niño, es cuando tiene sentido también, no se llega a aprender de cómo se resuelve un algoritmo, los ciclos de la naturaleza, la belleza de una sinfonía o la importancia de un personaje de novela sino es de una persona. La asociación de un acto a la presencia de un ser querido y respetado es lo que lo humaniza y la convierte en un rito que les llevará a la belleza, y no entendida como una estética sino como verdad, que les servirá para huir de la mediocridad y la vulgaridad que les rodea constante y continuamente, alejándoles de las enormes posibilidades que el futuro tiene guardado para ellos.

CUANDO LA EDUCACIÓN SE CONVIERTE EN MALTRATO – Gregorio Luri

Un hijo es como tener siempre algo al fuego.

Xacobe Casas