He estado en bastantes excursiones y, sin lugar a duda, si alguien me preguntara por alguna de mis favoritas, seguramente sería esta. Fuimos al Museo del Traje, un nombre que nos llama la atención, ya que no es lo que solemos esperar. La mayoría de las personas imaginaría un museo con luz enfocando cuadros pintados hace cientos de años con una historia que se lee en trazos en vez de con palabras; sin embargo, en el que visitamos el pasado 12 de noviembre había más que todo aquello.
Al bajar del transporte, caminamos unos minutos que se hicieron cortos gracias a la compañía. Al llegar, fuimos recibidos por un hombre, que nos explicó lo que veríamos, pero sus palabras no llegaron a hacer justicia al arte que se encontraba dentro.



El patrimonio acumulado en aquel lugar era impresionante; ver telas, moda y reliquias antiguas nos dejó impactados a más de uno. Además, hay que añadir lo paciente y atento que fue el guía con nosotros, explicándonos cada detalle como un poema único en su especie. Recorrimos varias salas en las que había diversos objetos. El lugar estaba poco iluminado, para evitar el deterioro de las piezas que el tiempo no se había cobrado, haciendo todo lo posible para que continuara así.
Tras unas pocas y otras lecciones de historia, llegamos a la que sala fue mi favorita. En esta se hallaban joyas y reliquias antiguas, como era un abanico de un material ya ilegal o unos zapatos, ambos del pie izquierdo, ya que antiguamente no hacían calzados diferentes dependiendo del lado para el que fueran, y he de decir que, por muy glamurosos e interesantes que pudieran parecer, no debieron resultar ser del todo cómodos para quien los hubiera usado en vida.


Para terminar, me gustaría decir que volvería una y mil veces a visitar todas aquellas salas olvidadas entre cortinas y que estoy segura de que este pequeño viaje resultó tan interesante porque no solo aprendimos de historia, sino de compañerismo.
Alejandra Neussner de los Heros, 2.º C
